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miércoles, febrero 28, 2024
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Tres retratos del desarrollo

Santo Domingo
Existen tres factores que no guardan entre ellos una relación aparente y, sin embargo, combinados podrían modelar el futuro de cualquier nación. Esos factores son la eficiencia del gasto público, el destino del crédito y la orientación de la educación. La forma en que se conciertan estratégicamente estos elementos determinará en gran medida la ruta del bienestar.

El gasto público es el dinero que destina el Estado para realizar sus fines o ejecutar sus propósitos. En su composición se distinguen el gasto corriente, que es el que realiza el Estado para su funcionamiento diario (como la prestación de los servicios públicos); el de capital, para la adquisición de activos; el de transferencia, que se hace sin contraprestación de bienes o servicios; y el de inversión, para incrementar el patrimonio público.

El gasto público es de calidad cuando resuelve necesidades colectivas y garantiza la equidad distributiva. En la República Dominicana ese objetivo sigue siendo una aspiración. Sucede que tenemos una gestión desbalanceada del gasto público y una política de inversión que desatiende áreas de enorme futuro.

Así, y como mera muestra, el presupuesto del 2023, de un billón 479 mil millones de pesos, prevé un 87.6 % para gasto corriente y apenas 12.4 % para gasto de capital. El pago de los intereses de la deuda como proporción del PIB es de un 3.3 % y de un 26.3 % con respecto a los ingresos del Estado, sin estimar que, como ha sido una costumbre desde hace dos décadas, las finanzas del Gobierno central han sido deficitarias, debiendo la diferencia (para el 2023, un 3 % del PIB) ser cubierta con más endeudamiento.

El peso de la deuda es enorme y limita sensiblemente la apropiación de ingresos para gastos productivos, como pudiese ser en renglones tan retributivos como la investigación, el desarrollo y la innovación tecnológica, inversiones que han acelerado el desarrollo y la competitividad de las economías emergentes.

Otro retrato de las rutas equivocadas es el financiamiento bancario. Por cada 100.00 pesos que presta la banca dominicana, 43.50 pesos van destinados al consumo (compra de vehículos, por ejemplo), 22.8 pesos al comercio y apenas $ 13.1 pesos a la producción; el resto, a otros reglones. Es más asequible un préstamo para comprar una yipeta del año de ocho o diez millones de pesos que para adquirir un apartamento de menor precio. En palabras crudas: el crédito no está orientado al desarrollo.

Las grandes crisis han desmitificado el credo de que el incentivo al consumo reactiva la economía; lo que está suficientemente probado es que el consumo excesivo sin ahorro no genera riqueza. La producción y su cadena de valor agregado sí la crean. Una estructura robusta de producción exportable ha sido clave en las revoluciones económicas de los países que en apenas medio siglo han pasado al desarrollo (Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, Tailandia, Malasia, Singapur e Indonesia), pero la producción sin crédito no es realizable. Un mercado en el que la banca preste para gastar nunca será reproductivo ni sostenible. Tampoco serán suficientes los incentivos fiscales o los subsidios; el Estado debe convertirse en socio estratégico de la producción: en la búsqueda de los mercados, en la defensa de los derechos, en la facilitación de los procesos.

El último retrato es la educación. No hay actividad más transformadora de la vida colectiva. Lo del 4 % del PIB fue un gran logro en la República Dominicana, pero no lo es todo. El problema ahora es qué hacer con ese caudal de dinero. La adecuada gestión ha sido un desafío para los gobiernos.

Nunca he estado de acuerdo con la asignación legal de los ingresos públicos tomando como parámetro el monto del PIB. Es más realista destinar porcentajes de los ingresos tributarios. Si evaluamos la ejecución presupuestaria del 4 % del PIB en la educación, nos desalentará saber que apenas el año pasado el 93.56 % del presupuesto (175,861.21 millones de pesos) fue destinado a gastos corrientes y apenas un 6.44 % (12,103.19 millones) a gasto de capital. En palabras más simples: la burocracia y los gastos administrativos se engulleron el mítico 4 %. Es cierto que tenemos más escuelas, estudiantes y docentes, pero ¿contamos con una educación de más calidad? Los programas, los textos, las tecnologías de enseñanza, las capacitaciones docentes, la gestión escolar, los rendimientos de desempeño ¿han mejorado? Ese es el punto.

Así como la banca dirige su crédito en asincronía con el desarrollo, las universidades tampoco orientan sus pénsums a sus estrategias. Mientras las tendencias de las ofertas curriculares en el mundo están marcadas por carreras como ingeniería ambiental, genética y robótica, ciberseguridad, desarrollo de software, e-commerce manager, logística, análisis de datos, marketing digital, el 45 % de la matrícula de las universidades dominicanas sigue concentrada en cinco carreras: educación, psicología, contabilidad, medicina y derecho; solo el 3 % se encuentra matriculado en áreas de educación técnica superior. Los desafíos así nos superan, y esto sin considerar que las mejores universidades dominicanas no aparecen siquiera entre las primeras mil del mundo.

Como cuelgan estos tres retratos en nuestro futuro, parece que necesitaremos mejores esfuerzos y visiones para lograr otra foto

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